Nicolás Maduro y Cipriano Castro: dos realidades históricas unidas ante el desastre de un país.

Derecho Penal en la Red 2019-08-06 04:00:00

Venezuela amaneció transitando un nuevo capítulo dentro del tortuoso drama que le ha sumergido la dictadura de Nicolás Maduro. La firma de Donald Trump ha puesto fuerza ejecutiva a una congelación de activos que en esencia permitiría la aplicación de sanciones contra cualquier individuo o compañía que sostenga operaciones o brinden cualquier tipo de respaldo al régimen de Caracas, calificado como ilegítimo por Estados Unidos y más de medio centenar de otras naciones.

Es este sentido, 116 años han pasado desde que las potencias predominantes en Europa, Alemania, Inglaterra e Italia, se unieron en una acción para el cobro de sus acreencias contra la insolvencia de Venezuela, que se encontraba abrumada por una desastrosa situación económica que le imposibilitaba cumplir sus compromisos. 

Las referidas potencias esgrimieron su pleno derecho al uso de la fuerza en razón del estado de anarquía reinante en el país, y tal como expresan al gobierno de los EE.UU.:

“Evidentemente el gobierno venezolano a juzgar por su comportamiento en el presente, no está dispuesto a cumplir sus compromisos de compensar en esos daños. Después de haber fijado un término de seis meses, durante los cuales se negó a discutir cualquier reclamo por compensación, el gobierno ´promulgó un decreto el pasado enero anunciando que una comisión compuesta por funcionarios venezolanos únicamente decidirá sobre los reclamos, los cuales deberían ser presentados por los reclamantes en el curso de tres meses. El comportamiento del gobierno de Venezuela deberá ser considerado por lo tanto como un frívolo intento de eludir reclamaciones”. 

En este orden de ideas, la implacable oratoria del Jefe de la Revolución Liberal Restauradora, Cipriano Castro, invocó extraordinariamente el sentimiento nacionalista cuando el 9 de diciembre de 1902 el almirante británico consumó la agresión en el puerto de La Guaira apoderándose de la destartalada armada venezolana, haciéndose celebre la frase de El Cabito cuando expresó: “La planta  insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la patria”.

Pero a diferencia de aquel momento histórico, en que “más de cien mil venezolanos acudieron a las jefaturas civiles a buscar armas para integrar el ejército patriótico. Joyas y dinero cayeron en las arcas del gobierno”  para defender su soberanía, la Venezuela de 2019 centra sus esperanzas es en la pronta salida de una de las más férreas e inhumanas dictaduras que ha vivido el continente americano; en virtud de lo cual un pueblo desahuciado observa impasible, y en el fondo con una ingente esperanza, el ejecútese al referido embargo, con la indivisible expectativa que el mismo posibilite la definitiva salida de un ciclópeo drama 

En contraste de un aislado e inservible Maduro, que centra su margen de actuación en la represión, exclusión y exterminio de toda voz crítica y disidente:

 “Castro capitalizó políticamente la agresión. El mismo día del bloqueo recurrió a las magnas fechas de la independencia y auguró: volverá a brillar el sol de Carabobo. Ordenó arrestar a alemanes e ingleses residentes en la capital, liberó presos políticos, invitó a los exiliados a regresar y devolvió los bienes a los revolucionarios...

… La multitud invade a Miraflores y allí se lee la proclama en medio de fanático entusiasmo, al pie de la estatua de Bolívar se suceden los oradores. Los estudiantes gritan ¡A las armas!, a Miraflores llega un diluvio de telegramas, de ofrecimientos y de protestas. La bandera inglesa y alemana son quemadas en la Plaza Bolívar. Las legaciones son apedreadas…”. 

 Por supuesto el bloqueo de costas en los actuales momentos no ha sido ordenado por el presidente republicano, aun cuando es uno de los pasos a seguir, pero la soledad del reyezuelo bananero y el desprecio exacerbado por parte de la población, le imposibilitan enarbolar banderas que le permitan oxigenar su asesina estructura de poder. 

Horas aciagas se ciernen sobre las ruinas reinantes de Venezuela, un profundo  y angustioso aliento recorre las almas de aquellos que impávidos soportan las cruces del día a día, pero en igual sentido un hilo conector se fusiona y endurece progresivamente en la sociedad venezolana: la certeza, más que la esperanza, que el margen de actuación y financiamiento del régimen usurpador es mínima y que las lealtades, históricamente en Venezuela, se han mantenido siempre y cuando  los provechos e intereses personales puedan perdurar en el tiempo. 

116 años separan dos hechos históricos, que con sus matices diferenciadores, conectan dos países destruidos por la ignominia. ¡Cuidado Nicolás que se repita la historia y tengas a un lado otro Juan Vicente Gómez que solapadamente esté trabajando por tu pronta partida! 

Aldo Rojas.